Acá, año virulento. Allá, economía no-ergódica

Andamos un poco monotemáticos, ni modo. Ni las noticias más animadoras sobre el surgimiento de diversas vacunas contra el COVID-19 fueron capaces de sacarnos de la modorra rutina de los largos días de expectativa y cuarentena. Ni esa luz en el final del túnel, el cintilar esperanzado que nos da la alta eficacia de las vacunas de Pfizer y Moderna –y otras que han ido surgiendo después de las pioneras–, han podido revertir la pesada espiral para abajo de los ánimos generales. No hubo maquillaje de optimismo que fuera capaz de retocar la sombra que desdibuja un año perdido. Un año lento, un año virulento. Una herida temporal que no es pasajera, que tardará en cerrarse. 

Ya sé, ya sé, ya sé, con razón alguien dirá algo así como: “ahí va ella de nuevo, quejándose con la bocota llena de puro privilegio”. Ni modo, de nuevo. La constatación de que uno sólo pueda hablar desde donde habla no significa ser incapaz de solidarizarse con aquellos que la están pasando peor en esa pandemia. Además, si, por un lado, mis peleas de cuarentena aún no han sido de naturaleza más ruda –por cuestiones de clase social, estabilidad laboral (esa reliquia de anticuario) y/o etnia–, eso no me deja inmune al descalabro. Que yo sea parte de la minoría que haya podido seguir trabajando de forma remota, desde el confort del hogar y de la quincena que cae religiosamente, eso no expresa que las dificultades desaparecieron en un abracadabra. Sin duda, son aprietos de otra índole, pero no quiere decir que aquellos que mantuvieron el empleo, como uno, la estén pasando bomba. Todo al revés. De hecho, está todo al revés, patas arriba.

En mi muy personal muro de lamentaciones se puede leer pintorreado: patitas que caminan en círculos en los mismos 56 metros cuadrados de “mi” departamento rentado y largos paseos en el jardín de dos macizas macetas en el comunal pasillo de concreto. Hay compañía ocasional respetando la sana distancia, pero complicidad constante sólo del saltamontes frustrado que vive en uno de los floreros, ese solista de las madrugadas con quien se comparte el insomnio. Aquí estamos los dos, rehenes de nuestra pegajosa rutina, donde la monotemática cotidianidad del encierro –sin melodía y en un perturbador ritmo repetitivo–, nos obliga a despertar, trabajar, dormir, despertar, trabajar, dormir y después volver a hacer todo de nuevo y así sucesivamente. La verdad, la verdad, la verdad es ésa: ni el insecto hecho mascota habita su vasija, ni yo habito mi casa, pues ambos estamos viviendo en ese rutinero hábito de habitar la repetición desde que empezó la pandemia. Nuestro día-a-día se ha convertido en un pesado semana-a-semana, y, más temprano que tarde, se ha transmutado en un insoportable mes-a-mes (y ojalá se quede por ahí). Estamos suspendidos en esa bruma del aliento de un Cronos juguetón, en la que pasado y futuro colindan en un presente preñado de todas las posibilidades que insiste en parir monotonía. En suma, el tiempo se desparrama sólo para volver a curvarse sobre sí mismo y tocar con la nariz su ombligo, como en la novela que menciona Borges en “El jardín de los senderos que se bifurcan”.

Trayendo la pelota para una cancha más familiar, la discusión sobre “el tiempo” también es causa de bifurcación en la reflexión económica: a) para la teoría neoclásica (TNC), la que funge de base para la corriente dominante en el campo, estamos en un sistema ergódico, o sea, que a partir de una serie de variables bien calibradas y la ponderación sobre su articulación con otras, sumados al cálculo de la probabilidad de sus trayectorias, podemos conocer el futuro de determinado fenómeno económico con un intervalo de confianza bastante robusto; y b) para las distintas corrientes heterodoxas, en especial para la poskeynesiana (PKE), entienden que la economía es no-ergódica, dado que, cuando hablamos de procesos sociales, el grado de incertidumbre con relación al porvenir es tan importante que la capacidad de previsión del futuro con base en los acontecimientos pasados siempre es, para decir lo mínimo, posible de contestación. 

De hecho, al entender la economía como un sistema no-ergódico, la ciencia económica de orientación heterodoxa pone en primera plana la relevancia de pensarse la “economía del mundo real”, en la cual el tiempo cronológico altera de forma permanente a las estructuras, y la historia no admite marcha atrás. O sea, en ese campo se destaca la importancia de no clavarse en modelos abstractos de la TNC, en donde el pasar del tiempo sería “reversible” en la fuerza magnética que empujaría el funcionamiento del mercado a tender invariablemente a su punto de equilibrio óptimo. En una palabra, uno pudiera socarronamente decir que para las corrientes heterodoxas del pensamiento económico se aplica la sabiduría reggaetón en el mejor estilo “lo que pasó, pasó”. Explico, eso sería equivalente a afirmar que en la reflexión económica heterodoxa no cabe la posibilidad de que regresemos de “t1”, “t2”, “t3” y/o “tn” a “t0” cuando se nos antoje –la equivocada premisa de reversibilidad del tiempo es una de las tantas debilidades en la forma de construcción del conocimiento de la TNC– y que no hay previsibilidad fiable con relación a lo que viene a la vuelta de la esquina. 

Como nos recuerdan Kregel y Nasica (2011: 272), ya en el mismo prefacio a la Teoría General, Keynes alerta a su lector que la intención del libro es analizar a la economía monetaria capitalista que se define por tener visiones cambiantes con relación al futuro que son capaces de influenciar no solamente a la trayectoria del empleo, sino que su mismo nivel en el presente, lo que requiere una metodología de análisis del comportamiento económico que sea sensible a esta interconexión temporal. Si hurgamos un poco más en esa cuestión y mapeamos con más buena voluntad sus implicaciones para la reflexión económica, vemos que la importancia de entender al capitalismo como un modo monetario de producción en el sistema de ideas de influencia keynesiana se debe a la necesidad de recuperar el rol central de la incertidumbre, al considerar la economía como un sistema no-ergódico. La relevancia de la moneda en esa caracterización se da porque en el capitalismo los agentes económicos asumen compromisos o contratos monetarios, en moneda nacional o foránea, justamente para intentar minimizar su exposición ante la incertidumbre con relación al mañana. 

Así, el mal llamado “lado monetario” de la economía se entrelaza con su “lado real” –de forma análoga a como están entretejidas las expectativas con relación al futuro, acertadas o no, y la toma de decisiones cruciales en el presente–, una vez que la demanda por activos con mayor liquidez, en detrimento de otros bienes fruto del trabajo humano, afecta de manera determinante los niveles de estímulo a la actividad económica “real”. Esto trae consigo la real posibilidad de que la economía se encuentre en un punto de equilibrio con persistente desempleo para los factores productivos. Así, para Paul Davidson (1992, [1982]: 26-27), los tres mosqueteros de los axiomas básicos de la PKE deberían ser: a) entender que en economías como la capitalista, que se caracterizan por ser economías de mercado, por usar el dinero y por tener un sistema “emprendedor” de producción, no existe mecanismo homeostático que automáticamente garantice la tendencia al equilibrio con pleno empleo de los recursos; b) admitir que en estas economías monetarias de producción es usual que se recurra a un equilibrio con desempleo y a una trayectoria inestable de los niveles de precios; y c) no pelearse con la posibilidad lógica de la existencia concomitante de desempleo involuntario y de constante inestabilidad en el poder de compra, elemento que, con abrir los ojos y mirar hacia los lados, basta para darse cuenta que no puede ser diferente. 

Para terminar con nuestras consideraciones en torno a los tiempos que transcurren, ¿saben en dónde más se puede notar la inexorable conexión entre pasado/presente/futuro? Quizá no sea un acertijo fácilmente adivinable, pero a esas Moiras les gusta zapatear a lo largo de la columna vertebral de aquellos que ya subieron al cuarto piso. Los años de abuso de la juventud se pagan con cada nueva hernia que brota, soplan el dolor crónico de las juntas que estallan a cada giro abrupto e inflan sin piedad la curva de la corcova. Las horas delante de la computadora, escribiendo o hablándole a la camarita de ese año visto desde la ventana del Zoom, tampoco ayudan. No nos queda más que convertirnos en adictos a los instrumentos amateur de reparo de una columna magullada: almohada de semillas casi incandescentes tras tres minutos en el microondas y acomodadas en los tensos hombros, bolso de agua caliente en la cansada lumbar y chalequito enderezador de postura. ¡Y todos a la vez! A final, no tememos vivir peligrosamente.  


Referencias:

Borges, J. L. (2015 [1941]). “El jardín de senderos que se bifurcan”, en Ficciones, Penguin Random House, 

Cohen, E. (2020). “Moderna’s coronavirus vaccine is 94.5% effective, according to company data”, en CNN, 16 de noviembre 2020.

Davidson, P. (1992, [1982]). International Money and the real world. St. Martin’s Press, New York.  

EFE (2020). “Coronavirus: Pfizer pedirá autorizar su vacuna en días”, en Informador.mx, 18 noviembre 2020.

Kregel, J. A.; & Nasica, E. (2011). “Uncertainty and Rationality: Keynes and Modern Economics”, en: Brandolini S.M.D., Scazzieri R. (eds) Fundamental Uncertainty. Palgrave Macmillan, Reino Unido, pp. 272-293.

 

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