Abandonar la esperanza para recuperarla

Porque nada está perdido, si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo

Julio Cortázar, Rayuela

Frente a la crisis climática y el Antropoceno, esa realidad apremiante resultado de una concepción del mundo que privilegia la explotación indiscriminada de los recursos naturales y las vidas humanas para construir universos privilegiados y confortables, hay múltiples formas de posicionarse. Muchas de ellas son funcionales a la crisis misma, como las del “consumo sustentable” o el desplazamiento de la responsabilidad de las grandes empresas explotadoras que dominan la economía mundial hacia los consumidores: esa que produce la ilusión de que usar una botella reciclable o un cepillo de dientes de bambú van a lograr evitar el desenlace fatal de un problema que exige soluciones de una magnitud equivalente a su gravedad y no escapes complacientes. 

Este tipo de posicionamientos ubica a la esperanza como el sentimiento básico al que apelar, pero la esperanza produce también una comodidad que inhabilita o limita la capacidad para la acción sistémica; la complacencia que la nueva industria de la “sostenibilidad” vende también como mercancía, requiere consumidores esperanzados y satisfechos con estar haciendo lo posible. 

Un buen ejemplo de este manejo mediático de la esperanza se hizo explícito en 2017 cuando el investigador Jem Bendell intentó publicar un artículo sobre la crisis climática con un enfoque poco usual. Después de analizar una notable cantidad de datos, concluyó que el colapso climático y social consecuente eran inevitables, y que las acciones más urgentes deberían reorientarse a lidiar con ellos, a través de lo que llamó una “agenda de adaptación profunda”. El texto fue rechazado por dos revistas. La razón del rechazo: que una visión así podría generar pánico y parálisis en la población, y que una reacción tal agravaría todavía más la situación. En su respuesta a las críticas, Bendell (2018) se refirió a la posibilidad de aprender y adquirir una disposición de ánimo que probablemente no tenga mejor nombre que ‘desesperanza’; en cualquier caso sin embargo, una desesperanza creativa y generativa. 

Bendell remitía, en su reflexión, al antropólogo Jonathan Lear (2008), quien examina las formas en que los pueblos nativos norteamericanos, en particular la nación Crow, lidiaron con el hecho de perder su territorio y haber sido desplazados a reservaciones. Bendell retoma de Lear la idea de que frente al desafío de ver amenazadas de muerte sus formas de vida, otros pueblos han generado una especie de esperanza radical. 

La esperanza radical sería semejante a la desesperanza en que no tiene una visión de futuro o destino preconcebida o que, teniéndola, no tiene una clara imagen de él. Dice Lear: “Lo que hace radical esta esperanza, es que está dirigida hacia un bienestar futuro que trasciende a la habilidad actual de entenderlo […] Los Crow esperaban la emergencia de una subjetividad Crow que no existía aún. Habría maneras de continuar formándose como Crow, aunque para ello las formas tradicionales estuvieran condenadas. Esta esperanza es radical en que se dirige a una subjetividad que es a la vez Crow pero que no existe todavía.” Así, para que esa imagen y ese futuro pudieran emerger, una forma de “excelencia imaginativa” debía orientarse a encontrar los valores éticos necesarios al nuevo estilo de vida que enfrentarían en lo adelante.

La escritora y periodista brasileña Eliane Brum escribía, en un artículo titulado La potencia de la primera generación sin esperanza, sobre su experiencia de acompañamiento a los indígenas amazónicos expulsados por el proyecto hidroeléctrico Belo Monte: “Lo que me fascinaba en aquel momento, y todavía me fascina, era la alegría de estar juntos incluso en la catástrofe, un “fenómeno” que primero vi, y después experimenté, junto con los ribereños expulsados por Belo Monte. La alegría como acto de insurrección, como el dedo metido en el ojo del huracán, barrenando la córnea del opresor. No sustituí la esperanza por la alegría, lo digo antes de que se me malentienda otra vez. Me convertí en otra manera de ser/estar en el mundo. Una que ríe aunque sea por descaro y que es capaz de luchar aun sabiendo que va a perder.” Esa es la potencia de la desesperanza, que es en sí misma una esperanza radical porque se construye como potencia en un mundo en resistencia, y no desde las fachadas de una sostenibilidad funcional al proyecto predador responsable por la crisis climática.

Estos no son sino algunos entre múltiples ejemplos. Por todas partes, los pueblos indígenas, nativos, originarios han sido históricamente objeto de despojo y han visto minadas y destruidas sus formas de vida. Frente a esos ataques, frente a la vida siempre en peligro de ser destruida, han encontrado formas de supervivencia que ponen en cuestionamiento la esperanza ilusoria escudada en un ficticio futuro luminoso para justificar una forma de vida insostenible. Son formas de vida que apelan también a la alegría, a la fiesta, a la gestión comunitaria de la vida pues, como la lingüista y activista mixe Yasnaya Aguilar apuntaba recientemente: “Fiesta es resistencia”. 

El activismo climático se ha constituido en los últimos años en torno a la urgencia y la acción inmediata. La noción de futuro que está implicada en un movimiento como el de jóvenes activistas climáticos inspirados por Greta Thunberg, Fridays for Future, se erige a despecho de la apelación al optimismo o a la esperanza de los responsables en la crisis climática, pues no acepta aplazamientos. Si hay algún futuro posible, debe ser construido ahora mismo, y sin permitirse escapes o complacencias. En esta posición, colectivos indígenas que habitan territorios amenazados por los intereses extractivistas y colectivos emergentes de jóvenes en Europa o cualquier otra parte del mundo, comparten una urgencia y una intensidad de vida en el momento presente que no puede ser saboteada por cómodos arreglos funcionales a la maquinaria de la depredación; comparten una subjetividad que está naciendo y que no tiene aún forma definitiva pero sí principios éticos comunes. Comparten una esperanza radical.

Referencias

Bendell, J. (2018). “Deep Adaptation: A Map for Navigating Climate Tragedy” 

Lear, J. (2008). Radical Hope. Ethics in the Face of Cultural Devastation. Harvard University Press.

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